THOSE WERE THE DAYS
(ensayo autobiográfico)
Rosina Conde
(english version)
a
Magdalena Flores Peñafiel, Empezaban
a correr los años setenta. Acababa de salir de la preparatoria,
y yo empecé a hacer planes para estudiar una carrera universitaria.
Como en esa época la universidad de Baja California contaba
tan sólo con cinco carreras, estaba obligada a emigrar a
la ciudad de México para estudiar lo que me interesaba. Sin
embargo, mis padres se negaban, debido a los disturbios estudiantiles
y a las represiones de octubre del 68 y junio del 71. El Jueves
de Corpus estaba muy vivo aún en las mentes de la sociedad
mexicana. |
![]() © Gerardo Hellión |
Influida en gran medida por mi padre, el feminismo, el movimiento hippie, la música del blues, el soul y el rock, y por los movimientos estudiantiles de Francia y México, preparé mis maletas y las de mi hijo de seis meses, me aprovisioné con algunos víveres, y les dije adiós a mis padres para trasladarme a la Meca de la Sabiduría: la UNAM. Y así, en noviembre de 1971, con unas cuantas alhajas destinadas al Monte de Piedad y unos cien pesos en el bolsillo, me encomendé al dios del optimismo, me trepé con mis compañeros de la prepa en un autobús de Tres Estrellas de Oro, y durante 48 horas nos fuimos cantando con la Janis hasta la capital: (EMPIEZA A CANTAR A CAPELLA, CON BATERÍA: Mercedes Benz de Janis Joplin, M. McClure y B. Neuwirth) |
![]() © Fotógrafo anónimo de las calles de Tijuana (1971) |
Y
así llegamos a la ciudad de la Esperanza, Ciudad de México,
a gaviotearle a los cuates, a buscar un techo que nos protegiera, un
trabajo que nos permitiera subsistir para lograr nuestros objetivos.
Sin embargo, la ciudad no era lo que nosotros esperábamos:
el De Efe estaba literalmente sitiado. Los granaderos rondaban los contornos
de la universidad y los porros azotaban las escuelas más politizadas.
Una no sabía entonces si temerle más a los policías,
a los ladrones, a los porros o a los granaderos. Eran tiempos en que
ser adolescente y estudiante eran dos pecados capitales. Y, cuando además
de ser adolescente y estudiante, se era mujer, se cometía un
triple delito. Cualquier porro, soldado o imbécil se creía
con el derecho de agredirnos verbalmente en la calle, de manosearnos,
y señalarnos como contestatarias. (ENTRA
GUITARRA, CON MÚSICA DE FONDO PARA TEXTO HABLADO: Hasta
siempre, comandante, de Carlos Puebla)
(EMPIEZA A CANTAR: Hasta siempre, comandante, a partir del primer estribillo)
Aunque
muchos de los recién ingresados no nos conocíamos, el
ambiente social nos hizo cómplices, y mis nuevos compañeros
y yo empezamos a buscar alternativas para representar el mundo y transformarlo.
Queríamos hacer teatro, cine, literatura; publicar revistas,
libros, panfletos; así que algunos compañeros de la facultad
empezamos a reunirnos para planear una revista. Pero además de
escribir, deseábamos cantar, bailar, actuar, y las reuniones
se convirtieron en tertulias literarias, primero, y artísticas,
después, y cualquier pretexto era bueno para leernos nuestros
poemas, cantarnos nuestras canciones, escuchar nueva música y
recuperar lo rescatable de las generaciones anteriores. En
Madrid, y agonizando el presente mes |
![]() © Fotógrafo anónimo |
¡A
quién le importaba si se entendía o no lo que estábamos
diciendo! ¡Qué más daba si era francés, inglés,
portugués o español! Si eran malas o buenas palabras.
Los estudiantes nos habíamos cansado de gritar y desgañitarnos
sin que nadie nos escuchara: el lenguaje había perdido fuerza,
y había que recuperarla. Lo que importaba era tener
el poder de la palabra: poder decirles “¡no!” a nuestros
padres, a nuestros amigos, al novio o la novia, y a la sociedad en general,
cada vez que no estuviéramos de acuerdo con algo o con alguien,
cada vez que no quisiéramos hacer tal o cual cosa. Queríamos
decidir por nosotros mismos nuestro proyecto de vida. Para los hombres,
tal vez, esto no era tan trascendente porque lo habían decidido
siempre; sin embargo, para las mujeres sí lo era. |
En ese entonces, nos impresionó mucho una canción de una película que llegó a México a principios de los setenta: la que canta María Magdalena en Jesucristo Superestrella. Lo que más nos gustaba era cómo el objeto del deseo se revertía. En la tradición literaria, siempre había sido el hombre el que le cantara a la mujer, y ésta siempre había sido etérea, frágil, desconocida, misteriosa, difícil de comprender y de aprehender. Siempre había sido el hombre quien se dirigiera a nosotras. Lo importante aquí era que es precisamente ella quien le canta al hombre, y quien manifiesta que siempre ha tenido el control de sus emociones. El objeto del deseo, en este caso, el etéreo, el incomprensible, el impenetrable... es él. |
![]() © Ma. Eugenia Camacho |
(EMPIEZA A CANTAR: I don’t know how to love him) Ahora las mujeres les hablábamos de amor a los hombres. Ya no teníamos que esconder nuestros gustos y sentimientos; ya no teníamos que esperar a que ellos tomaran la inciativa. Ahora nosotras sufríamos por ellos; pero, nótese, por ellos..., no por ninguno de ellos. Y podíamos gritar que éramos entes sexuales como cualquier ser humano. Ya no teníamos que escondernos en el anonimato, ni marginarnos, ni lindar en los extremos a los que se nos había orillado siempre: ¡ni monjas... ni putas... ni madres asexuadas...! Ahora las mujeres podíamos estudiar como cualquier monja, hacer el amor como cualquier puta, y tener hijos como cualquier “madrecita mexicana”. Aún recuerdo cómo me festejaron en la Facultad, cuando presenté mi “Cuarteto de presentación”, en el taller de Hernán Lavín Cerda: |
| I Soy frígida y ninfómana, ama de casa y prostituta. Y soy sátira: soy Electra. II III IV |
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I Me seducías, no con sólo poner tus labios sobre mi clítoris. Me seducías. Con tu mirada, tus gestos, palabras. Movimientos sencillos, cotidianos. II |
III
IV |
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Como ya éramos autosuficientes moral y económicamente, podíamos enamorarnos de un hombre diez años mayor, de nuestra misma edad o, incluso, menor. Ya no importaban ni el pedigrí ni la alcurnia ni la clase social ni la profesión ni el estatus del galán. Igual podía ser un actor que un empresario, un rockero que un director de orquesta, un pintor que un arquitecto, un albañil que un ingeniero, un estudiante o un desempleado. La autosuficiencia nos daba la capacidad de enamorarnos libremente, sin tener que utilizar al hombre como proveedor. Entonces, podíamos elegir sin cortapisas. Y ahora los hombres también se preguntaban si seríamos capaces de seguir amándolos después del acostón: |
![]() © Ma. Eugenia Camacho |
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(EMPIEZA A CANTAR: Will you love me tomorrow?, de Carol King) Y así como queríamos ser por nosotras mismas, también queríamos ser naturales. Y exigimos nuestro derecho a salir a las calles sin máscaras ni artificios; a ser aceptadas con cualidades, errores y defectos. Nos liberamos de las medias y el maquillaje, de las fajas y los sostenes que aprisionaban nuestro cuerpo y nos impedían la respiración; nos liberamos de los tubos, los pasadores y las secadoras. ¡Guácala con el espray! ¡Abajo el cabello! Exigimos ser aceptadas con anteojos, barros y espinillas, con el pelo lacio o chino, voz tipluda o grave, gordas o flacas. ¡Fuera máscaras, fuera maquillaje, adiós a la actuación social, al recato, a la frivolidad! Y, entre otras cosas, nos apropiamos de la risa, que durante siglos se nos había prohibido en público. Empezamos a reír a carcajadas, a todo volumen, a todo lo que dábamos. Bienvenida la risa franca, el diente pelón, el estertor estomacal. Ya no importaba que nuestro cuerpo se contorsionara, que aparecieran las arrugas de la cara, que nuestras lonjas salieran de nuestras ropas y brincaran de gusto por la libertad física y emocional. Y todo aquel que nos hiciera sentir bien, tal y como éramos nosotras mismas, sería bien recibido. (EMPIEZA A CANTAR: Like a natural woman, de Carol King) Los hombres también empezaron a transformarse. A diferencia de la genaración de nuestros padres y de las anteriores, nuestros compañeros de la universidad quisieron ser libres para expresar sus sentimientos sin hipocresías, y se negaron a vivir la doble moral que exige una sociedad de representaciones. Lo importante era la transparencia y ser fieles, no porque lo ordenaran la Iglesia o el Estado, sino por convicción. ¿Quién no recuerda aquellos versos de Juan Manuel Serrat que decían?: (EMPIEZA A CANTAR: La mujer que yo quiero) Precisamente, porque ya no estábamos obligados, por un mandato divino, a vivir eternamente con la misma persona: entonces, decía, se era fiel por convicción; estábamos allí porque queríamos estar allí. Y las mujeres les hacíamos el amor a los hombres, los gozábamos y disfrutábamos así como nos gozaban y disfrutaban ellos a nosotras sin importar ni el qué dirán ni el matrimonio ni el futuro ni la seguridad ni nada... ¡Valía madre si el galán se casaba o no con nosotras! Viva la libertad sexual, la vida, el erotismo, el intelecto, la satisfacción personal. Y todas nos entregábamos por completo y preguntábamos, si acaso, ¿no los hacíamos sentir como el único hombre?: (EMPIEZA A CANTAR: Peace of my heart, de J. Ragovoy y B. Berns) |
![]() I a D: Raúl Sánchez Vázquez, Elihú Quintero, Rosina Conde y Gustavo Rivera. © Gerardo Hellión |
Como
las mujeres empezamos a compartir con los hombres sus territorios, ellos
también quisieron compartir los nuestros. Empezaron a lavar pañales,
a cocinar, a dividir con nosotras los horarios del biberón de
los hijos y a llevarlos a la guardería, para que pudiéramos
estudiar y trabajar. Entonces construimos, realmente, una relación
de pares. Los hombres rechazaron los papeles impuestos por la sociedad
patriarcal, y quisieron liberarse también del machismo y de la
obligación de tener que mantener varias familias. Así
que se decidieron por la monogamia, así fuera seriada, pero por
la monogamia: no más amantes ni hijos clandestinos. ¡A
la goma con los “bastardos”! Todos eran hijos legítimos,
y los que no tenían padre eran hijos de todos, precisamente porque
nacían bajo los códigos del amor libre. Hombres y mujeres
empezamos a ser “compañeros” y despreciamos los adjetivos
posesivos: |
nadie
le pertenecía a nadie. Los sentimientos de solidaridad
y compañerismo nos permitían vernos como iguales. La pareja
dejó de ser una relación de dependencia y subyugación,
y todos tuvimos un nombre propio. Ya no se decía “te presento
a mi esposa”, sino “ella es Margarita, Juana, Valentina...”
Los hombres aceptaron que sus compañeras teníamos una
vida personal; se olvidaron del tradicional “tú existes
a partir de que me conoces”; reconocieron que tampoco teníamos
por qué ser mujeres de un solo hombre, y nos pidieron otra manera
de expresarnos y manifestarnos. Todavía recuerdo aquella canción
de Joe Josea y B. B. King que dice rock me, baby!
(EMPIEZA A CANTAR: Rock me, baby, de Joe Josea y B. B. King) De
la misma manera en que las mujeres recuperábamos los espacios,
nuestros hijos también fueron tratados como seres libres y pensantes
desde el momento mismo de su concepción. ¡Cuántas
de nosotras no nos poníamos en la panza los audífonos,
para que nuestros fetos escucharan la música de Bach, Beethoven,
Vivaldi, Paganini, Gershwin! Y cuando salieron al mundo, lo hicieron
como individuos plenos, pensantes, con responsabilidades y derechos.
Recuerdo que los pasillos de la Facultad se llenaron de niños
que corrían y reían, mientras sus madres entrábamos
a clases. Esos niños, al igual que nosotras, también serían
libres para elegir por sí mismos su destino: algún día,
como diría Gershwin, “abrirían sus alas” para
salir en la búsqueda de senderos distintos, y tendrían
la seguridad de que contarían con todo nuestro apoyo. |
Al
salir de la Facultad, todos tomamos diversos caminos, y seguimos aprendiendo
en el trabajo, en las relaciones personales y amorosas, en el transcurrir
de la vida... Unos se fueron a trabajar a la radio, otros al cine, a
la televisión, a la industria editorial. Otros se quedaron en
la academia. Algunos dejaron las letras para dedicarse a la música,
la pintura o el periodismo. Muchos nos casamos y descasamos; otros nos
arrejuntamos, y casi todos tuvimos hijos --unos antes que otros, como
yo--. Algunos seguimos como lobos esteparios, viajando y combinando
experiencias y aprendizajes, artes y disciplinas; sin embargo, fueron
los años de la universidad los que marcaron nuestra ruta. |
![]() © N'young |
Ahora, con el nuevo antifeminismo, la propagación del sida, la globalización, las crisis económicas y la privatización de la educación, algunos de nuestros hijos nos reclaman el no haber tenido madres y padres convencionales, comunes y corrientes, porque la sociedad insiste en que somos diferentes, porque abrimos una brecha, tal vez, para ellos difícil de superar. Pero creo que, precisamente, ese desinterés que hombres y mujeres mostrábamos al decidir quiénes serían nuestros galanes y galanas, nuestros amigos y amigas, y nuestros compañeros de trabajo, fue lo que nos unió en la batalla, y lo que nos permitió sobrevivir en una sociedad que se negaba a aceptarnos como individuos libres, plenos, creativos e independientes. Eso es lo que nos ha permitido superar las derrotas y los tropiezos para empezar constantemente de nuevo, aun en contra de muchos. (ENTRA GUITARRA CON MÚSICA DE FONDO PARA TEXTO SEMIDECLAMADO: Je ne regrette rien, de Edith Piaf) “No me arrepiento de nada”, decía Edith Piaf, ya desde los años sesenta, “ni del bien que me han hecho, ni del mal, todo esto me da igual. Ya todo está pagado, borrado, olvidado... Son mis recuerdos los que han encendido el fuego. Ya no me hacen falta ni mis tristezas ni mis placeres. He borrado los amores y los problemas. Empiezo de cero.” (EMPIEZA A CANTAR: Je ne regrette rien) |